sábado, 23 de abril de 2011

El Taller, una muerte anunciada (y necesaria)

Ayer, música de vanguardia, difícil de conseguir; juego de luces de primera, cuarto oscuro; decoración ruda, como taller mecánico o aeronáutico, o marítimo; actitud varonil y onda leather, su ubicación en el subsuelo daba ese sabor de clandestinidad. Lo más parecido a un bar neoyorkino en plena Zona Rosa.

¿Por qué era necesario? porque no era justo que una gran leyenda, no sólo nacional, sino internacional, cayera cada vez más, se muriera lenta y desastrosamente, como enfermo terminal. Una época en la que escaseaba la información, El Taller, era El Faro, de muchos homosexuales, una época de cuando había redadas policiacas contra los gays, por sus principales delitos ser afeminado o traer un condón, lo cual significaba ser prostituto; hablar de derechos humanos, reflexionar sobre el ser gay, mostrar películas con temática y discutirlas.


Los tiempos han cambiado, ahora lo que sobra es información, hasta nos podemos casar en el DF, la Zona Rosa, es más Rosa que nunca, estos y otros logros son el fruto de lugares como El Taller, y de quienes ahí asistían, ¿quién lo mató o dejo morir?, no lo sé, tal vez el dueño y (dicen) su principal afición gastar en carros, o la concurrencia que dejo de ir, porque un lugar lo hace su gente, pero si las condiciones cambian, uno se muda a otro lugar. Era necesario frenar de una vez una muerte lenta y deshonrosa.

En sus últimos días, la misma música que en cualquier barecito, con una pista de acrílico translucido con focos de colores en su interior pretendiendo lucir "padre", videos pirata con música de los 80´s, 90´s y más, en televisores casi de bulbos, viejos, mal calibrados en sus colores, películas gay pirata en baja definición proyectadas en una pared entre amarilla y gris.

Los strippers, ya mayorcitos para este oficio, y con una actitud de hacer el favor de visitar a los clientes, excepto uno, el más delicadito y joven de ellos, bajaba de la base a interactuar y cotorrear con la concurrencia, este gesto se agradecía en ese ambiente de mamonería de stripper.

Los otrora meseros más buenos del ambiente, en el sentido de atención y de físico, habían dado lugar a unos mequetrefes que a webo querían venderte una cerveza, más enfocados en sacarte el dinero que en atenderte para ganárselo. Cervezas "quemadas" de esas que sacan del refrigerador, toman temperatura ambiente y luego las regresan al refri, te las daban muuuuy frías para que no sintieras el sabor amargo.

La clientela, otrora ganosa y deseosa de sexo machín, se había (nos habíamos) vuelto oficinistas, que pasan a echar una chela, trajeaditos, bien portados, nada de leather quedo, luego las loquitas, que todo echan a perder con su actitud de mujer exagerada, haciendo gran escándalo, retorciéndose como teiboleras, ríendose de todo y todos, ropita de jotito de Zona Rosa, todo, todo, para acabar con El Taller.

Que bueno que cerraron El Taller de hoy para recordar por siempre a El Taller de ayer.

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